AGUA MINERAL AL PRECIO DE LA GASOLINA ( por Carlos Gómez)
Multinacionales y grupos alimentarios dominan una actividad que mueve en España 850 millones al año
Dos botellas de medio litro de agua mineral de la marca Fuensanta, en la cafetería que da servicio al personal de este periódico, cuestan unos céntimos más que un litro de gasolina sin plomo de 95 octanos en los surtidores de la vecina estación de servicio que abandera Repsol. Hay pocos negocios tan redondos y tan simples como el de envasar agua y venderla para su consumo como una alternativa "saludable" a la de la jarra y el grifo. En España un centenar largo de empresas, lideradas por varias multinacionales, y alrededor de 4.500 personas, entre empleo directo e indirecto, viven de este lucrativo invento que generó en 2007 y en conjunto, según la Asociación Nacional de Empresas de Aguas de Bebida Envasada (Aneabe), una facturación de 850 millones de euros.
El agua en botella cuesta hasta mil veces más que la que sale del grifo
Se dispara la compra de manantiales y regantes venden su agua a envasadoras
Una cifra que equivale, por poner un ejemplo de su magnitud en un país agobiado periódicamente por las sequías, al presupuesto de construcción de cinco desaladoras como la prevista en el Baix Llobregat (Barcelona), la mayor de Europa, capaces de extraer del mar 60 hectómetros cúbicos de agua potable al año. Pero que también es, en términos relativos, una cifra modesta, apenas una gota en el océano del negocio mundial del agua envasada, que mueve cada año decenas de miles de millones de euros. Sólo en EE UU sus ventas en 2007 rondaron los 18.000 millones de euros.
El consumo de agua embotellada lleva varios lustros creciendo en España a tasas anuales del 5%, del 7% y hasta del 12%, aunque en 2007 cayó excepcionalmente un 2,2%; a tasas del 9% en EE UU; y en el mundo, en siete años -desde 2001-, ha crecido un 57% este mercado. El leve descenso en España del pasado año, según Aneabe, "forma parte de una fluctuación normal en la evolución de un sector consolidado. Las envasadoras son conscientes de que el consumo está muy vinculado a estaciones estivales con altas temperaturas y, en este sentido, el último verano fue menos caluroso que en años anteriores".
Excepciones aparte, el agua embotellada, según la consultora australiana de marketing de bebidas Fountainhead, ha pasado en sólo una década de ser un negocio importante pero secundario a situarse como la segunda o la tercera mercancía legal que más dinero mueve en el mundo después del petróleo y el café.
La promoción publicitaria del consumo del agua mineral como presunta fuente de salud y como ayuda para estar en forma tiene buena parte de culpa en esta expansión. También la tiene un cierto nivel de esnobismo y de culto por el lujo: los mejores restaurantes han introducido cartas de aguas junto a las tradicionales cartas de vinos, se ha creado la profesión de catador de aguas, y en Nueva York y Los Ángeles estrellas del cine pagan a precio de oro botellas de agua mineral traídas de la Patagonia o del monte Fuji de Japón.
No falta demanda, por tanto, y los márgenes que ofrece el agua envasada en muchos países y también en España, donde un litro le cuesta al consumidor hasta mil veces más de lo que paga por sacar ese mismo líquido del grifo de su casa, son difíciles de alcanzar en otra actividad o producto.
Un escenario que explica el que se haya disparado el mercado de compraventa de pozos y manantiales en España, en precios y número de operaciones, y que también ayuda a entender el que se estén dando situaciones cuando menos chuscas, por calificarlas suavemente, como la protagonizada recientemente por algunos agricultores.
La Comunidad de Regantes de Villena (Alicante), una de las más activas a la hora de criticar la política hídrica del Gobierno de Rodríguez Zapatero, autorizó a primeros de mayo la venta de parte de los recursos de su acuífero (entre 0,2 y 0,7 hectómetros cúbicos) a la multinacional francesa Danone para la puesta en marcha de una embotelladora de agua de la marca Font Vella a cambio de 240.000 euros. Andrés Martínez, presidente de los comuneros y dueño de unos terrenos en los que Danone instalará la planta, argumenta que los regantes van a cobrar a 1,20 euros el metro cúbico y que ese dinero les permitirá modernizar sus regadíos.
La voracidad de las empresas que explotan el agua envasada, dicen algunas organizaciones ecologistas y ONG, está esquilmando los recursos hídricos de países en desarrollo y están incrementando el déficit de agua en países meridionales como España.
En Aragón, por ejemplo, donde saltan chispas ante eventuales trasvases de agua del Ebro, multinacionales como Coca-Cola (Aguas del Maestrazgo, en Teruel, y Vilas de Turbón) y grandes grupos nacionales como la cervecera catalana Damm (Aguas de Veri, en el valle de Benasque, y Aguas del Run, también en el Pirineo oscense) se han hecho, chequera en mano, con concesiones de explotación de manantiales a muy largo plazo. Igual ha pasado en otras regiones con Pascual o Danone, sólo por citar dos ejemplos más.
El creciente precio ambiental que hay que pagar por el mayor consumo de agua embotellada empieza a generar una reacción que pretende que el ciudadano vuelva a beber del grifo. Nueva York, París, Londres y Roma han iniciado campañas en tal sentido por razones ecológicas y también por razones económicas y de defensa del consumidor. En el Reino Unido, en 2004, Coca-Cola tuvo que reconocer que el agua de su marca Dassain era agua común y corriente del grifo que era vendida en botellas de medio litro y optó por retirar medio millón de botellas del mercado argumentando que habían detectado niveles de bromato que excedían las normas legales británicas. No es una excepción, buena parte del agua embotellada que se vende en el mundo es agua tratada procedente del abastecimiento urbano.
Las empresas de agua envasada niegan la mayor y argumentan, en palabras de Irene Zafra, secretaria general de Aneabe, que conforman "un sector responsable que realiza un gran esfuerzo medioambiental para preservar el equilibrio natural de los manantiales. Hay que tener en cuenta que la producción de aguas minerales tan sólo representa un 0,02% de los recursos hídricos subterráneos de España".
"La industria envasadora asegura el equilibrio natural de estos acuíferos tanto en calidad como en cantidad", afirma Zafra, "haciendo un uso racional y responsable de ellos. Así, cada una de las empresas dispone de un caudal máximo de explotación y un perímetro de protección que les son concedidos por las autoridades mineras de cada comunidad autónoma y sobre los que las autoridades competentes ejercen un control".
España cuenta con un centenar largo de marcas de agua mineral, pero la mayoría son pequeñas empresas regionales y manantiales locales que están viviendo en los últimos años un proceso de concentración acelerado para poder hacer frente a los grandes grupos y a las multinacionales o siendo absorbidas por éstos.
Una decena de grandes grupos, capaces de afrontar los costes de distribución por todo el territorio nacional, se reparten el grueso de la tarta de este negocio. A la cabeza está Danone, que es también uno de los líderes mundiales en agua envasada, que con sus marcas Font Vella y Lanjarón domina una quinta parte del mercado español. A continuación, y con cuotas cercanas al 10%, figuran San Benedetto (marcas Fuente Primavera, Fuencisla y Font Natura) y Grupo Leche Pascual (aguas Pascual Nature, Bezoya y Cardó). Otros grupos importantes son la empresa centenaria Vichy Catalán (Vichy Catalán, Malavella, Mondariz, Font d'Oro, Font del Regás, Les Crues y Fuente Estrella), Nestlé Waters (Aquarel y Nestlé Pure Life), Grupo Dann, Solán de Cabras y el grupo Fuensanta.
La patronal de estas empresas refuta también otra de las críticas más habituales a esta pujante industria: su elevado consumo de energía y los daños medioambientales de sus envases. Algunos estudios señalan, por ejemplo, que para producir el agua embotellada que se consume en EE UU se necesitan quemar 1,5 millones de barriles de petróleo. Zafra asegura, sin embargo, que los afiliados de Aneabe invierten "en la gestión correcta de sus envases, siempre reciclables, habiendo conseguido reducir su peso en un 45% en los últimos 10 años".
Colaboración de Alejandro Vargas Johansson.
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BREVE PERO CLARO ( Por Marianne Williamson )

Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es que somos excesivamente poderosos.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos da más miedo.
Nos preguntamos, quién soy para ser brillante,
Hermoso, talentoso o fabuloso?
De hecho, quién eres para no serlo, si eres un hijo de( dios) ?
Jugar de ser pequeño e indefenso no le sirve al mundo para nada.
No hay nada de iluminador en hacerse el pequeño para que otros alrededor tuyo no se sientan inseguros.
Todos estamos hechos para brillar, como los niños.
Vinimos a este mundo para manifestar la gloria de ( dios), que se encuentra dentro de nosotros.
Esto no existe solo en unos pocos, está dentro de todo ser humano.
Y si logramos hacer que nuestra luz tenga libertad de brillar, de manera inconsciente, les otorgamos a otras personas el derecho de hacer lo mismo.
Si nos liberamos de nuestros miedos, nuestra presencia liberará los de otros.
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Nueva película de Naomi Klein y Alfonso Cuarón
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Buscando soluciones
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EL ADORMECEDOR DISCURSO APOCALIPTICO ( por Luis Diego Mata Solís)
"No basta solamente (…) con adaptarse a la nueva realidad, ni es suficiente aminorar los efectos dañinos del calentamiento global, sino que hay que ir a algo más profundo: hay que refundar el sentir de la vida, hay que recrear una nueva espiritualidad, es decir, un nuevo sentido más amplio de nuestro pasar por este mundo, de nuestra coexistencia como seres humanos, para hacer que la Tierra, la humanidad, puedan, sigan teniendo futuro."
En el marco de la serie de manifestaciones y amenazas del cambio climático y la crisis alimentaría que se avecina, corren anuncios apocalípticos acerca de los riesgos que se ciernen sobre las distintas formas de vida en el planeta. Aunque dichas amenazas, así como la problemática medioambiental son reales, el discurso apocalíptico y fatalista implica importantes limitaciones al análisis de las mismas y, más aun, a la denuncia necesaria de las circunstancias y causas reales que las han venido originando, lo cual es, en absoluto, inocente, por tanto poco se dice acerca de la racionalidad económica imperante, e inherente al sistema social capitalista, y basada en la explotación irresponsable de los recursos naturales y la exclusiva generación de riqueza al costo –ambiental y social- que sea.
El discurso apocalíptico y fatalista tiende a presentar las problemáticas ambientales y sus amenazas sobre la vida como algo "natural" e "inevitable" –que "estaba escrito"-, y no como un desenlace al que nuestra civilización ha venido enrumbándose de la mano de la conformación y consolidación del sistema mundo capitalista y la totalización de las relaciones mercantiles como únicas necesarias y posibles para las sociedades, al punto de encontrarse, como ha venido señalando el filósofo brasileño Leonardo Boff, en una crisis de civilización, una crisis de sentido y de falta de rumbo histórico.
En medio de esta crisis, y la inherente encrucijada referente a los valores a partir de los cuales nos relacionamos tanto entre nosotros, como con las demás especies y formas de vida, y con la naturaleza en su conjunto, el principal reto que enfrenta la humanidad actualmente radica en el aseguramiento de las posibilidades de continuidad de la vida en el planeta.
Para ello, resulta central la búsqueda y el planteamiento de alternativas a la racionalidad económica imperante en el marco de la globalización neoliberal en curso, cuya obstinada totalización, en beneficio de unos pocos más y más ricos, intenta convencernos de sus beneficios y, peor aún, de la imposibilidad de construir, desde una lógica opuesta a la de la acumulación de capital, otras formas posibles de orientar las economías y de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza de la que somos parte, aun cuando ya sus costos ambientales y sociales plantean la inviabilidad del modelo imperante, basado en la explotación abusiva e irresponsable de la naturaleza y la mercantilización de todo en aras del crecimiento económico y la reproducción del sistema capitalista.
El enfrentamiento de este reto, eminentemente político, tiene como condición fundamental asumir la ética del bien común y reivindicar los valores de la solidaridad y la cooperación, en oposición a "la competitividad" y "la eficiencia", fundamentales dentro de la ideología neoliberal que tiende a imponer la homologación entre sociedad y mercado, y la naturalización de las asimetrías sociales y económicas y de la exclusión, desde una obscena e interesada tergiversación de las teorías evolucionistas, al plantear que en esta sociedad de mercado –de perdedores y ganadores-, se imponen "las leyes de la selva" y sobreviven sólo los más fuertes, es decir, los que tienen y tienen más –los ganadores- frente a los que tienen cada vez menos o no tienen nada –los perdedores.
Las serias amenazas para la vida en el planeta no responden al movimiento de los astros, ni a un destino que finalmente debía cumplirse como ya había sido establecido desde antes del inicio de la aventura humana. Son el producto de relaciones y comportamientos concretos, y su enfrentamiento, igualmente, ha de venir de la toma de decisiones políticas concretas, de un cambio cultural y de actitud generalizados y de la toma de conciencia acerca de la responsabilidad individual, colectiva, institucional y política que, como humanidad, tenemos. Se continuaría caminando en el sentido opuesto al enfrentamiento real de dicho reto si lejos de atribuir las responsabilidades pertinentes y de propiciar las transformaciones necesarias, nos limitáramos a recibir los siguientes anuncios de las profecías apocalípticas que sirven para distraer mientras el capitalismo busca su reproducción a costa de las cada vez más vidas, incluida la de la naturaleza en su conjunto.
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LA CONCIENCIA ES UN MUSCULO QUE SE USA POCO, PERO EXISTE ( Entrevista a Eduardo Galeano por Ima Sánchis)
Una broma muy seria
En Galeano entiendo lo que significa librepensador y transito por el término intelectual sin reticencias, porque es un erudito humilde y con sentido del humor. En su delicioso libro Espejos (Siglo XXI) nos evidencia que hay muchas cosas inaceptables que hemos aceptado por costumbre, como si fueran inevitables. Cosas que deben ser cambiadas. Nos ofrece, como es su costumbre, una mirada sobre lo acontecido que lo cambia todo: "Desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía". La realidad es mucho más compleja de lo que nos contaron. Espejos es un libro escrito desde el ángulo de los que no salieron en la foto, un interesante libro de historia que parece una broma.
Sigo viviendo en Montevideo, donde todavía se puede caminar y respirar. Mi universidad fueron los cafés y sus oradores. Casado y con hijos, nietos, perro, gato y tortugas. La democracia está por conquistar. Enla tierra conviven cielo e infierno, el más allá está en el más acá
¿Ayer hoy y mañana cuentan la misma historia?
La historia no se repite, pero podemos reconocernos en lo que pasó. La memoria es tu mejor amiga cuando te ayuda a no tropezar con las mismas piedras, pero parecemos obstinados en trabajar en nuestra propia perdición.
¿Falta de inteligencia? Miedo al cambio, estamos entrenados para repetir la historia en vez de hacerla.
El mundo siempre ha sido de un puñado de hombres.
Así sigue siendo, yo no creo que este mundo sea muy democrático; fíjese en la ONU, mandan cinco países, los que tienen derecho de veto, los demás somos todos simbólicos. Y esos cinco países que velan por la paz mundial son los cinco principales productores de armas, ¿a nadie le sorprende?
Pasemos a la libertad personal: ¿hacer lo que te dé la gana está penado?
La libertad no es un derecho igualitario. Me parece revelador y estimulante la competencia entre una mujer y un negro en EE. UU., teniendo en cuenta que hace un ratito, en 1943, por orden del Pentágono la Cruz Roja de EE. UU. prohibió la transfusión de sangre negra para que no se hiciera por inyección lo que estaba prohibido en la cama. Y en nuestro mundo católico, durante siete siglos y medio las mujeres tuvieron prohibido cantar en los templos porque ensuciaban el aire.
La historia humana es la de una misoginia alargada.
Sí, la regla general ha sido el poder macho. Hatshepsut, con gran poder y espíritu creativo, reinó en Egipto disfrazada de hombre. Muchos siglos después, Concepción Arenal hizo la carrera de Derecho disfrazada de hombre y, años después, la gran novelista Pardo Bazán fue la primera catedrática española, pero sus aulas estaban vacías. Ha sido muy difícil el camino para que ustedes sean consideradas parte de la humanidad.
¿Por qué?
Relaciones de poder y derecho de propiedad. Tratar a las mujeres como menores de edad son convicciones convenientes. Y el racismo sirvió para justificar las conquistas y la esclavitud, el mejor negocio europeo durante tres siglos, ya que se trataba de seres inferiores incapaces de autogobernarse.
Cuénteme una historia de mujer. Sakina,la bisnieta de Mahoma, encabezó la lucha contra el tapacaras, y con razón decía que su bisabuelo jamás había dicho una palabra al respecto. Se casó cinco veces y en los cinco contratos negó obediencia al marido. En aquella época las mujeres predicaban en las mezquitas.
¿Qué lecciones extrae de la historia pequeña?
Creo que el universo sólo se ve a través del ojo de la cerradura. Hay un latido de grandeza escondido en los personajes pequeños, y miente la cultura dominante cuando nos induce a creer que la grandeza es lo grandote.
Cuéntenos la historia del viajero ciego.
Darwin decía que James Holman veía con los pies, sus descripciones del mundo son maravillosas. Es una de las innumerables paradojas, lo cual es una fuente de esperanza.
Hoy parece que lo práctico impera sobre lo estético.
Cualquier necio confunde valor y precio, decía Machado. Los imperantes criterios de rentabilidad - tanto tienes, tanto vales- hacen que se inviertan los valores; en Italia acaba de ganar las elecciones un tipo, Berlusconi, que siendo primer ministro dijo: "Sólo los imbéciles pagan impuestos".
¿Existe la justicia?
Como propósito. Ecuador se propone declarar constitucionalmente que la naturaleza tiene derechos. Y aunque será dificilísimo aplicarlo, que quede por lo menos incorporado a la legislación me parece un logro.
¿Qué prohibiciones nos definen?
La más grave es la prohibición de soñar, de clavar los ojos más allá de la infamia, de creer que otro mundo es posible, porque está condenado como un acto de estupidez.
Pues habrá que ser desobediente. Hay que actuar de acuerdo con la propia conciencia. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas, los altavoces ordenaron a los trabajadores que se quedaran en sus puestos. Se salvaron los que desobedecieron.
Nos solemos mover en la discreción.
Estamos educados en un sistema de valores que no corona a los mejores, sino a los que tienen menos escrúpulos, que recompensa la falta de honestidad,el egoísmo, la mentira. Bush y Blair mintieron cuando iniciaron la carnicería de Iraq. El pueblo los reeligió.
¿Qué les recomienda a sus nietos? Soy muy cauto, no se lo digo así, pero el mensaje es que no hipotequen su alegría, que no se vendan, que tengan dignidad.
Hay que ser valiente para eso...
Iban cero a cero. Era la final entre Millonarios y Santa Fe, Devanni cayó derribado en el área y el árbitro pitó penalti, pero él se acercó al árbitro para explicarle que tropezó. Y el árbitro le señaló el estadio, esas miles y miles de cabezas rugientes: "¿Tú crees que ahora puedo anular el penalti?".
Difícil dilema.
Devanni se puso frente al portero y eligió su ruina. Pateó la pelota muy lejos del arco. Admirable. Arruinó su carrera pero se le abrieron anchas las puertas de la gloria. Hay mucha gente que hace lo que cree que debe hacer y no lo que le conviene. La conciencia es un músculo que se usa poco, pero existe.
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LA DOCTRINA DEL SHOCK ( por Carlos Monge Arístegui)

Termino de leer un libro que debería ser objeto de intenso debate público en nuestro país, aunque sea en función del ombliguismo que nos aqueja y que nos hace ver apenas poco más allá de nuestras narices.
Me refiero a La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre, de Naomi Klein, académica canadiense que es uno de los referentes teóricos obligados del movimiento antiglobalización.
Chile es protagonista estelar del mismo, pues la autora de No Logo indica que el golpe de estado de Pinochet y la posterior aplicación de una política económica hegemonizada por los Chicago Boys –los discípulos favoritos de Milton Friedman- fue el punto de arranque de una verdadera contrarrevolución que modeló el mundo que hoy vivimos.
El rediseño radical de nuestra economía, llevado a cabo gracias a la supresión, vía manu militari, de cualquier forma de oposición a esa reconversión, le sirve como "caso testigo" que le permite dar sustento a la hipótesis central que cruza su trabajo.
La tesis de Klein es que el capitalismo ultraconcentrado emplea constantemente la violencia e incluso el terrorismo para reconfigurar a las sociedades a su antojo y maximizar la tasa de ganancias.
Con ella apunta con una estaca de madera hacia el corazón de quienes, como Friedrich Von Hayek, gurú de Friedman, y la Sociedad Mont Pelerin, creen que los mercados desregulados son el único camino que conduce a la libertad y a la prosperidad.
Klein, que alcanzó el puesto undécimo, el más alto logrado por una mujer, en el Sondeo Global de Intelectuales, lista que confecciona la revista Prospect, junto con Foreign Policy, se remite a las pruebas que le entrega la historia reciente.
Para ella, el hilo conductor de la ofensiva neoconservadora, a escala planetaria, es una sucesión de golpes de mano, asestados con decisión y en forma implacable, que contribuyeron a instalar un modelo de dominación imperial cuyas paradigmas políticos fueron en su momento Margaret Thatcher y Ronald Reagan.
Por esto, en las 606 páginas de su libro, parte por contar la alucinante historia de cómo un siquiatra de la Universidad McGill, Ewen Cameron, llevó adelante en los '50, con el auspicio de la CIA, un experimento destinado a demostrar que era posible lavar el cerebro de las personas.
Las herramientas necesarias para conseguirlo fueron los electroshocks, el aislamiento de las víctimas y el suministro de distintos tipos de drogas con el fin de vencer su voluntad. En el fondo, nada demasiado diferente a lo que hoy se practica en Guantánamo o en las cárceles secretas diseminadas por el mundo, en virtud de la lucha antiterrorista sin tiempo ni espacios determinados.
Estremece leer la entrevista que Klein le hace en su departamento de Montreal a Gail Kastner, quien sufría un leve trastorno sicológico en su juventud, cuando tuvo la desgracia de caer en manos de Cameron, quien la torturó y le provocó daños irreparables que la tienen confinada a una situación de invalidez y dolor permanente.
A causa de esta desalmada manipulación, la CIA fue condenada a pagar una millonaria indemnización. Pero, claro, nadie le devolverá los tramos de vida perdida a Kastner ni a las otras víctimas. Ni la reparará por las pesadillas que hasta el día de hoy sufre cuando recuerda sus padecimientos a manos de este siniestro médico que creía que, a punta de electrodos, podía reconvertir, como él quisiera, la mente humana.
Trascartón, Klein habla del otro "doctor Shock": de Friedman y sus muchachos, y cómo, con el apoyo de Arnold Harberger, más el aporte de dineros federales, los economistas de la escuela de Chicago comenzaron a hacer de Chile -incluso antes del golpe de 1973- el laboratorio que a la larga hizo que los chilenos cumpliéramos el papel de "conejillos de Indias", en un experimento de carácter global.
El enfoque del libro, por tanto, también es global. Klein salta de Chile a Polonia, y de Polonia a Sudáfrica, y de ésta a la Rusia de los "oligarcas", fundada por Boris Yeltsin, o a la pobreza estructural que desnudó el huracán Katrina y a la oportunidad que allí algunos vieron para reconstruir Nueva Orléans al más puro estilo libremercadista.
Repasa, asimismo, lo que llama el "saqueo de Asia" donde los "tigres" fueron castigados por mantener barreras que conspiraban contra un mercado mundial sin limitaciones. Y cuenta la experiencia de Indonesia, Tailandia, Filipinas y Corea del Sur, donde pujantes empresas como Daewoo fueron compradas a vil precio por las multinacionales, una vez que se atacó a su moneda y a su economía en su conjunto.
En el caso de Irak, revela de qué manera "halcones" como Dick Cheney o Donald Rumsfeld eran ya los "pichones" promisorios del Partido Republicano cuando Nixon y Kissinger hacían de las suyas. Y la trama de intereses materiales oculta detrás del ataque a Irak, que a la larga favoreció, sin duda, a empresas como Blackwater o Halliburton.
La conclusión, después de leer este trabajo, es amarga: el mundo está gobernado por tiburones despiadados que no temen conducir a la humanidad al desastre, si es que en el camino se pueden echar unos millones de dólares más el bolsillo.
Nada nuevo, dirán ustedes. Nada que no se sepa de antemano. Pero lo que justifica y da sentido al gasto de tiempo que presupone la lectura de este grueso volumen, es que aquí están sistematizados y reunidos datos que -más allá de cualquier ideologismo o prejuicio previo-, hacen que uno deba tomarse muy en serio lo planteado por Klein.
Se podría decir incluso, para cerrar estas líneas, que su feroz reclamo contra la abusiva concentración de poderes y la "puerta giratoria" que lleva hoy en Washington de la empresa privada a los cargos públicos y viceversa, es antes que nada una postura ética que denuncia a un sistema que traicionó a sus propias bases.
No por nada, Klein cita, por ejemplo, a Franklin D. Roosevelt, quien no dudó alguna vez en alertar contra los que se aprovechan de los conflictos bélicos para su propio beneficio. "No quiero ver ni un solo millonario en Estados Unidos surgido como resultado de este desastre mundial", dijo Roosevelt en su momento, refiriéndose a la II Guerra Mundial.
Y lo que se pregunta Naomi Klein, con toda razón, es qué habría dicho entonces al ver al vicepresidente Cheney ligado a la corporación Halliburton, con jugosos contratos para la "reconstrucción de Irak". O al ex secretario de Estado Donald Rumsfeld, con acciones en la empresa que produce un antídoto contra la gripe aviar, en medio de la histeria de un posible ataque biológico que sobrevino luego del 11/9.
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OBAMA EN LOS INFIERNOS ( por Mario Vargas Llosa)
Cuando la senadora Hillary Clinton comprendió que era ya poco menos que imposible para ella ganar la designación como candidata a la presidencia por el Partido Demócrata, pues su rival, el senador Barack Obama, le llevaba una ventaja en votos, delegados y Estados que no alcanzaría a igualar, recurrió, como suelen hacer los políticos, a las armas prohibidas. En este caso, el tema racial. Y dijo, ante la prensa, que lo que las elecciones primarias venían demostrando hasta ahora era que a ella la preferían los electores de la "América blanca".
Hillary Clinton es un animal político frío, tenaz, inteligente y sin escrúpulos. Obama no ha respondido con las mismas armas ni ha descendido al vituperio.
Aunque le llovieron las críticas por resucitar un asunto tan ominoso y explosivo en un país como los Estados Unidos -el propio The New York Times, que ha respaldado su candidatura, la censuró en un editorial- el vedado recurso dio, por lo menos en apariencia, buenos resultados: el 13 de mayo, en las primarias de Virginia Occidental, el Estado más "blanco" del país, Hillary obtuvo una arrolladora victoria con más de cien mil votos sobre su contendiente. Se trata de un triunfo llamativo pero insignificante en términos prácticos, porque, debido a su escasa población, Virginia Occidental tiene muy pocos delegados, y Obama sigue conquistando superdelegados entre los independientes e, incluso, algunos que habían prometido su apoyo a la senadora se lo han retirado para dárselo a él. Y en estos últimos días, John Edwards, que fue precandidato presidencial en estas primarias y que había sido afanosamente solicitado por los dos contendientes, se decidió también por Obama. Su apoyo es importante pues Edwards tiene influencia en el medio obrero y sindical, donde la senadora Clinton es muy popular.
Pero, aunque, como señalan los analistas, ocurra lo que ocurra en las tres elecciones primarias -de cinco pequeños Estados- que aún faltan a los demócratas, el senador Obama parece tener asegurada la candidatura, la fea operación de contornos racistas lanzada por Hillary Clinton puede tener siniestras consecuencias en la futura campaña presidencial entre Obama y McCain, convirtiéndola en un enfrentamiento entre la América "blanca" y la América "negra". No tiene que ocurrir, pero hay indicios alarmantes. Todas las encuestas hechas desde que la senadora se proclamó la favorita de los "blancos" indican que un número creciente de estadounidenses declara ahora que el tema racial o étnico ha pasado a ser importante para ellos en sus preferencias electorales. Lo que significa un serio revés para Barack Obama, que había hecho de la solidaridad entre las diferentes razas, tradiciones, creencias, convicciones y costumbres uno de los puntales de su prédica desde el inicio de su campaña.
Hillary Clinton no es una racista, desde luego. Es un animal político, frío, tenaz, inteligente y sin escrúpulos. Con la misma glacial serenidad y destreza con que supo salir airosa de los escándalos y humillaciones a que la sometió su marido en los comienzos de su Gobierno, ha continuado su campaña, sin perder la sonrisa y el ánimo, mientras era derrotada una y otra vez por un adversario que, según todas las encuestas, es preferido por los jóvenes, los profesionales, los empresarios, los universitarios y, en resumen, por los sectores más modernos, cultos y liberales de la sociedad norteamericana, dejándole a ella los más incultos, primitivos y provincianos.
Antes de la operación racial, su campaña lanzó ya otra de guerra sucia -de índole machista- que no prosperó. Consistía en presentar a la senadora como el verdadero "macho", el auténtico líder viril en la contienda, alguien a quien su propio jefe de campaña bautizó en Illinois como "el candidato testicular". Obama, en cambio, sería el débil, el blando, el indeciso, el -horror de horrores- intelectual, alguien a quien sería riesgoso y suicida confiar la primera magistratura en caso de un conflicto bélico. Los avisos pagados de Hillary presentaban a la senadora en una actitud marcial y beligerante, con la siguiente interrogación: "¿A quién preferiría usted como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos?". Y al lado de la senadora languidecía un esmirriado y subsumido Obama con una cara de vacilante y asustado. Pero esta tentativa denigratoria no tuvo mayor efecto.
Entonces, la senadora, en uno de esos gestos audaces que la caracterizan, decidió que, como ya no era realista pensar en su nominación, sí era posible, en cambio, contribuir a la futura derrota de su rival en las elecciones presidenciales de noviembre frente al republicano McCain. No se trata de una venganza personal, nacida de la frustración, sino de un sencillo cálculo matemático de un político de alto vuelo. Si Hillary Clinton aspira a ser la candidata de los demócratas a la Presidencia en el año 2012, es preciso que en estos comicios el ganador sea un republicano y no un demócrata. Pues si es Obama el próximo presidente, la senadora vería cerradas las puertas de su candidatura a la Casa Blanca hasta el año 2016, ya muy tarde para ella. Nada de esto se puede exhibir a la luz pública, pero sí enviando indirectos mensajes a la subconciencia y los prejuicios instintivos del electorado. Según los sondeos últimos, un 50% de los partidarios demócratas de Hillary Clinton en Virginia Occidental afirmaron que no votarán por Obama para presidente: si es el candidato se abstendrán de votar o lo harán por McCain.
Al mismo tiempo que la senadora envenenaba la campaña de racismo, el candidato republicano iniciaba su propia guerra sucia, utilizando otro ingrediente explosivo para desacreditar a su casi seguro rival en las elecciones de noviembre. En una conferencia de prensa decía que, entre él y Obama, el verdadero amigo de Israel era el senador McCain. ¿No lo demostraba el hecho de que el líder de la organización terrorista Hamás hubiera dicho que simpatizaba con la candidatura de Barack Obama?
De este modo, una especie que había circulado, sin mayor eficacia, hace algunos meses, resucitaba y volvía a ocupar los primeros planos del debate electoral: Obama, un musulmán emboscado (pues su padre lo fue), un amigo de los palestinos y, por lo tanto, potencialmente, un presidente que daría la espalda a Israel, el mejor aliado de los Estados Unidos, y tendería la mano a los terroristas palestinos. La acusación de McCain es de largo alcance y si prende puede ser decisiva en la campaña. Los judíos son una pequeña minoría en número en la sociedad norteamericana, pero el lobby judío, las organizaciones que apoyan a Israel y hacen campaña favorable a los políticos que consideran proisraelíes y hostigan a los que no, ejerce una poderosa influencia económica y publicitaria en toda campaña electoral. Y aunque no siempre ganan sus candidatos es seguro que siempre pierden los que considera sus enemigos.
Desde que McCain hizo aquella declaración, el senador Obama se ha multiplicado en desmentidos ante diversas asociaciones judías y proisraelíes, recordando una vez más sus tomas de posición, tanto en la cámara estatal de Illinois como luego en el Senado, a favor de Israel y condenando en términos inequívocos el terrorismo de Hamás. Y también repitiendo que, aunque su padre fuera musulmán, su madre lo educó como cristiano, al igual que ocurrió con su esposa Michelle. Por otra parte, muchos judíos norteamericanos se han manifestado respaldando sus afirmaciones y desmintiendo las insinuaciones de McCain.
Todo esto es una indicación de que la campaña presidencial será esta vez más virulenta que otras veces. ¿Conseguirá Obama enfrentar exitosamente las guerras sucias lanzadas contra él? Yo creo que sí, aunque sin duda le va a costar trabajo y no puede permitirse cometer un solo error. Mi optimismo no se basa tanto en las encuestas, como en la actitud que hasta ahora mantiene entre las llamaradas de mugre y de insidia que han encendido a su alrededor. No ha respondido con las mismas armas ni ha descendido al vituperio. Continúa, imperturbable, con su discurso reformista, de ideas, con invocaciones a la unión, rechazando toda forma de sectarismo e intolerancia, y con propuestas concretas y realistas a favor de los débiles, los marginados, los guerreristas y los fanáticos, y una fe contagiosa en las instituciones democráticas. Es verdad que a menudo habla más como un intelectual que como un político profesional, pero eso, por fortuna, en vez de desprestigiarlo, le ha ganado la simpatía y el entusiasmo de millones de sus compatriotas. Su discurso sigue atrayendo sobre todo a los jóvenes, de todas las razas, que acuden por millares a trabajar como voluntarios en todo el país, fortaleciendo una maquinaria que ha probado tener una eficacia contundente. Esperemos que las campañas de guerra sucia no prevalezcan y, por una vez, el idealismo y los principios derroten a las maniobras de los políticos.
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BUROCRACIA, GENIO Y FIGURA ( Por Sergio Murillo)

Sucedió sumamente rápido. Yo manejaba de noche sobre la carretera a Guápiles, llovía y en algún tramo del Braulio Carrillo debí de haberme quedado dormido.
Lo último que recuerdo fue el terrible estruendo del choque, luego mucha paz y un túnel de luz blanca. Todo parecía sugerir que no había sobrevivido al accidente.
El túnel parecía una manga de cualquier terminal de aeropuerto, con sus potentes luces fluorescentes, aire acondicionado y una suave alfombra.
Al finalizar mi recorrido entré a una enorme sala en la que se veían las banderas y los nombres de los diferentes países del mundo frente a la puerta correspondiente. Muchas personas hacían fila para ingresar a las diferentes puertas.
Mi alegría al ver nuestra querida bandera y un tucán de palo, adornando la entrada, se esfumó cuando me di cuenta que la nuestra era la fila mas larga y lenta de todas.
Por fin pude entrar a nuestra puerta. Nuevamente había un túnel de luz, solamente que a este le faltaban cuatro bombillos y en el piso había botellas vacías de Fanta y agua electropura, picaritas y vasos desechables. La alfombra había desaparecido hacía mucho tiempo y en las paredes un "No TLC" y un elaborado 12 hechos con pilot completaban la escena.
Al extremo final del túnel estaba la ventanilla en donde se suponía nos teníamos que registrar, según me dijo el tipo que vendía gelatinas, raspas y platanitos a los de la fila.
Tras dos horas y media haciendo pacientemente fila pude llegar a la ventanilla, ¡ que alegría, ya casi podía entrar al cielo ! - pensaba - . No supe que decir cuando la encargada me pidió mecánicamente el formulario de registro de nuevo ingreso. "Va a tener que pedirla en la oficina de nuevos ingresos que está en el purgatorio", decía sin ningún tipo de emoción mientras gesticulaba para que pasara el siguiente compatriota.
El guarda de la entrada me indicó que el bus para el purgatorio pasaba cada treinta minutos, lo que no me dijo era que el pobre bus iba siempre atestado de gente y tirando una excesiva nube de diesel que no se disimulaba ni con la calcomanía de RTV en el parabrisas.
Al llegar al purgatorio encontré la oficina de nuevos ingresos, pero quedé frío ante la enorme fila que me esperaba de nuevo. "No tenía ni idea de que la cosa era así", me decía a mi mismo.
En La ONI (Oficina de Nuevos Ingresos) me dieron instrucciones estrictas de llevar el formulario completamente lleno y me advirtieron que no podía cometer ningún error al llenarlo, además necesitaba nueve timbres de veinticinco colones y una solicitud escrita en idioma oficial, en papel sellado de un colón con doscientos colones de timbres, expresando mis deseos de entrar al cielo. Además necesitaba una certificación del Registro Civil que dijera que yo estaba en realidad muerto y libre para entrar al cielo, dos fotografías tamaño pasaporte, tres fotocopias legibles de mi cédula y una hoja de delincuencia, que pude conseguir fácilmente en la sede del OIJ, ya que el encargado era un viejo amigo que había muerto hacía como cinco años.
En la oficina no vendían los timbres ni sacaban fotocopias, así que me mandaron a la librería del frente a fotocopiar y con el guachiman para los timbres.
Tras largo rato y mucho esfuerzo fui consiguiendo los requisitos y llené el formulario lo mejor que pude. Tomé otro autobús, con chofer malcriado incluido, y llegué a la sucursal del Registro Civil. Solicité el certificado que comprobara mi muerte. En esos momentos el sistema se había caído, así que me mandaron a que me examinaran en una sucursal de la Caja Costarricense del Seguro Social para que los médicos determinaran si yo había muerto o no.
Llegué a la Caja y sobra describirles la fila que me aguardaba para que al final me dieran una cita para el 16 de Julio del año siguiente. Un doctor que pasaba por ahí debió notar mi cara de angustia porque se me acercó y ofreció atenderme en su consultorio privado inmediatamente, si yo le daba "alguito para el café"; me vi así forzado a pagarle y favorecer un biombo más.
El consultorio era pequeño para el obeso doctor; preguntó mi nombre y cuando escuchó mi apellido me contó una larga historia sobre una venta de ganado a amigo suyo, Chico Murillo (de San Pedro de Poás) y hasta me explicó el origen de mi apellido. Esa fue toda la cita, arrancó una hoja previamente llena, sellada y firmada en la que daba fe que yo estaba perfectamente muerto y sin el más mínimo ápice de vergüenza me lo entregó.
Me dirigí con toda la documentación solicitada a la ONI nuevamente y no me importó la fila que había porque finalmente iba a poder disfrutar de la gloria eterna.
Rebosante de felicidad con el orgullo de quien hace bien un trabajo entregué la documentación a la encargada para que la estudiara. Ya nada me preocupaba, estaba a las puertas del cielo y nadie ni nada podría detenerme...excepto el pasaporte, nunca pensé que lo iba a ocupar para pasar a mejor vida, la muchacha había olvidado decirme que lo necesitaba y ahora, como un perrillo con el rabo entre las patas tenía que ir a sacar un pasaporte a Migración.
Estaba triste y me sentía totalmente solo, la burocracia de mi país me había seguido hasta la muerte y yo estaba indefenso ante ella.
Caminé por largo rato sin rumbo fijo, pensando en mi familia y amigos, hasta que topé con la magnífica puerta del cielo, estaba cerrada y parecía muy alta para treparla y muy pesada para empujarla yo solo. Pensé largo rato y finalmente como una bocanada de aire fresco pensé en Uvieta, ¡ claro !, recodé emocionado el cuento que de niño me contaba abuelo, Carmen Lyra tenía la solución que yo buscaba a mi problema. Llené mis pulmones de aire y grité a todo galillo: AVE MARIA PURISIMAAA, mientras frenéticamente golpeaba la enorme puerta.
Casi de inmediato la pesada puerta se abrió lentamente y pude ver el cielo, a tatica Dios, a la virgen y a todos mis seres queridos que llegaban a saludarme.
Por fin estaba en el cielo y así comprobé que siempre hay una forma mas agradable y humanitaria de hacer las cosas, sin necesidad de naufragar en un mar de papeles.
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Julia Ardón
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EL DIBUJO SECRETO DE AMÉRICA LATINA ( por William Ospina)

Desde los tiempos en que Bolívar escribió su “Carta de Jamaica”, una tarea fundamental de este continente es el diálogo entre la unidad y la diversidad. Mentiríamos si dijéramos que nuestra América es una: por todas partes surge la evidencia de su pluralidad: desde los desiertos de coyotes de Sonora hasta los “vértigos horizontales” de la Patagonia, desde los incontables azules del Caribe hasta ese “verde que es de todos los colores” de la cordillera y la selva, desde el aire de fuego de las costas caribeñas hasta la noche blanca de los páramos, desde la fecundidad de valles y de pampas hasta lo que llamaba Neruda “el estelar caballo desbocado del hielo”. Y no hablo sólo de la extraordinaria diversidad geográfica y biológica sino, en ella y sobre ella, de la diversidad de los pueblos y de sus culturas, o de algo más sugestivo aún, los muchos matices irrenunciables de una vasta cultura continental.
En esa misma “Carta de Jamaica” Bolívar afirmaba que “somos un pequeño género humano”. Dos siglos después, hay que quitarle el adjetivo “pequeño” a esa frase, y afirmar que somos una muestra muy amplia de lo que es el género humano, porque tal vez en ningún otro lugar del planeta está más presente la diversidad de la especie. Alguna vez el doctor Samuel Johnson le dijo a James Boswell: “Amigo mío, si alguien está cansado de Londres, está cansado de la vida, porque Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”. Pero ¿qué son hoy la diversidad de Londres, de Paris o de Nueva York comparados con la diversidad de Sao Paulo, de México, de Buenos Aires o de las Antillas? Las viejas metrópolis se apresuran a imitarnos y se llenan vertiginosamente de inmigrantes, Londres se llena de caribeños pero sin el mar Caribe a la vista, París se llena de muecines y de senegaleses pero no tiene el desierto ni las praderas fluviales de África, Madrid ve llegar a los suramericanos, pero siguen estando lejos los Andes y la selva amazónica.
Europa sigue siendo un continente de tamaño humano, como diría George Steiner: el continente de los cafés, el continente que fue medido por las pisadas de los caminantes, el continente que ha convertido sus calles y sus plazas en una memoria de grandes hombres y de hechos históricos, el continente que descubrió que dios tiene rostro humano. Nuestra América es definitivamente otra cosa, aquí la naturaleza no ha sido borrada, aquí sí hay verdaderas selvas y verdaderos desiertos. Allá todos los caminos llevan a Roma, aquí todas las aguas buscan el río, nada tiene unas dimensiones humanas, todo nos excede, y Dios mismo necesita de otros rostros y de otras metáforas para ser concebido, para ser celebrado.
Fue Paul Verlaine, maestro sensorial y musical de los poetas hispanoamericanos, quien escribió en su arte poética que lo importante no es el color sino el matiz, y creo que si a algo nos hemos aplicado los pueblos de este continente es a desplegar y ahondar en los matices locales y particulares de una cultura cuyos trazos generales son similares. Quiero decir con ello que hay una característica común de la cultura latinoamericana es que nada en ella puede reclamarse hoy como absolutamente nativo, salvo quizás esos pueblos mágicos del Amazonas que nunca han entrado en contacto con algo distinto. En otras regiones del mundo, hasta hace poco tiempo, podía hablarse de pureza, de razas puras, de lenguas incontaminadas. Aquí las mezclas comenzaron muy temprano, no para llegar a lo indiferenciado sino para producir en todos los casos cosas verdaderamente nuevas. Digamos que en nuestra cultura continental casi nada es nativo pero todo es original. John Keats decía que explicar un poema puede equivaler a “destejer el arco iris”; lo mismo podríamos decir del proceso de revelar todas las tradiciones, todas las fusiones, que llevaron al nacimiento de la cumbia o del tango, de Pedro Páramo o del Aleph, de la obra de Niemeyer o la de Borges.
Caminaba yo una vez por un museo de México cuando pasaron a mi lado dos personas y alcancé a oír que una decía a la otra: “Hay tres culturas en el mundo, la asiática del arroz, la europea del trigo y la americana del maíz”. La frase, recibida así “por los caminos del viento” como dice la canción, no me pareció tan importante por su contenido cuanto por su enfoque. Dejaba al África por fuera, y eso ya era grave, pero atribuir la raíz última de la cultura a la alimentación y a los bienes básicos de la naturaleza me pareció original en el sentido profundo de que habla de orígenes. En esa medida podríamos decir que aunque los pueblos nativos de América eran muy distintos unos de otros, aztecas, incas, muiscas, sioux, arhuacos, taínos, los centenares de pueblos que habitaban el continente compartían la cultura del maíz, y no hablo sólo de los hábitos alimenticios sino de los dioses, los ritos y las pautas de civilización que nacen de él.
Hoy se habla mucho de globalización, pero ese proceso comenzó hace siglos. Ya el cristianismo, que fundió en su trinidad mitos hebreos, ideas griegas y ambiciones romanas era un fenómeno de globalización. Y lo que suele llamarse el descubrimiento y la conquista de América fue una de las grandes avanzadas de ese viento global. Hoy, si en algo estamos globalizados, es en el modo como los distintos pueblos del mundo compartimos los productos de la naturaleza: yo he visto maizales en Illinois, en el norte de Italia y en las praderas de Katmandú, he visto trigales en Rosario y en las llanuras de Francia, sé de los arrozales de Birmania y de los del Tolima. Ello parece decirnos que no reinan ya los dioses del lugar, que muchas cosas que antes eran locales son planetarias, que las divinidades del opio, del vino, de la amonita muscárida o del cornezuelo de centeno hace rato reinan sobre el planeta entero y ya no instauran religiones, en el sentido profundo de ritos que religuen a los seres humanos.
En el humano luchan y dialogan dos tendencias distintas: el interminable deseo de arraigar y la insaciable necesidad de otros mundos y otros cielos. Si hasta el árbol, que parece tan condenado a no moverse, arroja al viento sus nubes de semillas y hace crecer sus hijos muy lejos, qué decir de esta especie nuestra siempre insatisfecha, que arraigada en la patria sueña mundos desconocidos, y extraviada en el exilio añora sin fin el paraíso perdido. Hace unas semanas pude ver cómo los noruegos, grandes caminantes y grandes navegantes, que viven hoy en un país próspero y confortable, sienten su costa como un hermoso barco encallado en la vecindad de los hielos, y viven un anhelo profundo de tierras remotas y de mares tórridos. Esto es tan intenso que incluso beben un Aquavit que tiene que haber ido hacia el sur hasta cruzar la línea ecuatorial y haber vuelto, para tener el gusto adecuado.
La humana es una historia de diásporas. Según dicen las noticias recientes, esos dos mil seres a los que alguna vez se redujo la humanidad, en el momento más vulnerable de su existencia, se dispersaron en pequeñas hordas por el mapa del África hace cientos de miles de años, y cuando volvieron a verse eran ya tan distintos, que parecían a punto de configurar varias especies.
Nosotros mismos tenemos que admitir que los nativos de América, los primitivos habitantes del territorio, llegaron algún día por caminos de hielo desde las estepas del Asia, o navegando desde la Polinesia hasta las costas de Chile. Así que todo arraigo es hijo de una diáspora previa, y tal vez todo amor por el suelo nativo oculta la honda nostalgia de una tierra perdida en los meandros del pasado.
Lo nuestro es la edad de las naciones, y entre nosotros esos estados nacionales son un fenómeno tan reciente que casi puede observarse a simple vista. Venimos de formar parte subalterna del primer gran imperio planetario, y hace apenas dos siglos los distintos países emergimos a un intento de vida independiente. Pero ya las sociedades anteriores a la llegada de los europeos habían alcanzado ciertos rasgos distintivos que después la historia no ha podido borrar: el culto al padre mítico y el diálogo con la muerte propio de la cultura mexicana, la fragmentación mítica del territorio propia de la cultura colombiana, la insularidad de la cultura cubana, la noción del triple mundo propia de la cultura incaica, los mundos del cóndor, del puma y de la serpiente, que eran desde temprano la percepción de una realidad en la que tienen que dialogar y entenderse de un modo complejo las montañas nevadas, las fértiles tierras medias y la selva fluvial.
La violenta conquista y la edad colonial rompieron muchas cosas y añadieron muchas otras al mosaico: pienso en la reviviscencia del culto de la diosa madre indígena de las lagunas bajo la forma de las vírgenes mestizas de Guadalupe, o de Chiquinquirá. Hay en el altar mayor de la iglesia de San Francisco en Quito la imagen de una virgen alada y grávida que no es posible encontrar en la iconografía católica europea. Muchos la asocian con la virgen alada que Juan de Patmos describe en el Apocalipsis, pero los estudiosos del arte religioso colonial ven en ella una representación de la Pachamama incaica, con la forma triangular de su traje que evoca las montañas, y dicen que el artista tallador, Bernardo de Legarda, un indígena quiteño, sólo se animó a hacer sus vírgenes aladas, muchas de ellas con rostros indios, cuando vio llegar en barcos a las costas del Pacífico unas muñecas birmanas de madera. Así son los caminos de nuestra cultura: a veces utilizamos los aportes del mundo entero para expresar lo más profundo y original de nuestro ser.
El vistoso politeísmo del santoral católico latinoamericano logra mediante complejas astucias rituales que el culto de un dios único no sea incompatible con el culto de infinitas divinidades menores, identificables y especializadas. Y Derek Walcott argumentó con gran belleza y sabiduría en su discurso para recibir el Premio Nobel de Literatura en 1992, que la mirada colonial, el discurso superficial de las metrópolis, no advierte que en nuestras aparentes imitaciones hay una originalidad nueva, la expresión de algo que no es derivación sino plenitud presente; que la representación del Ramayana que hacen en verano en Trinidad incontables muchachos de origen hindú no es una obra de teatro sino una obra de fe, no es imitación sino originalidad.
En nada se advierte tan nítidamente el modo como lo ajeno se volvió carne y sangre propia como en el vasto tejido de las lenguas europeas llegadas a América, en las que empezaron a circular desde muy temprano las savias del mundo americano, y en cuyas literaturas fue emergiendo la exuberancia de las distintas regiones del continente. Las literaturas americanas son fruto del encuentro de unas lenguas ya formadas con un mundo desconocido. La tensión entre unas lenguas establecidas y un mundo sorprendente representó para nosotros desde el comienzo la tensión entre lo real y lo mágico, ya que la magia no es más que lo que obedece a otras leyes.
Es conveniente recordar que, aunque las civilizaciones del planeta registran una historia varias veces milenaria, hace apenas cinco siglos dos mitades del mundo estaban completamente incomunicadas. La tierra, como la luna, tenía una cara oculta, y el encuentro entre esas dos maneras de lo humano desarrolladas a lo largo de los milenios de un modo independiente planteaba los más apasionantes desafíos para la vida y para la imaginación. Fue algo más extraño aún que si el latín hubiera arraigado en África, fue como si, a consecuencia de las aventuras en el espacio exterior, el inglés arraigara en algún planeta con vida inteligente.
Ahora bien, es muy distinto lo que ocurrió en las dos mitades del continente americano. En el norte la lengua inglesa sólo tuvo que hacer un esfuerzo por reconocer el mundo físico y por permitir que las culturas llegadas de lejos arraigaran en él, en tanto que en la América Latina, donde florecían diversas y complejas civilizaciones, y donde no fueron exterminados completamente los pueblos indígenas, las lenguas latinas tuvieron que dialogar con las lenguas nativas, aunque ese no fuera su propósito inicial, y todavía hoy siguen haciéndolo. Lo que en los últimos siglos, de un modo creciente, ha mostrado nuestra literatura es el modo gradual como asciende a través de una lengua ajena la savia de un mundo nativo, con sus colores y sus metáforas, con sus sueños más inexplicables y sus recuerdos más profundos, con la radical extrañeza de sus modos de representación. Se siente en ella la profusión, la exuberancia, el colorido y la fragancia de una tierra nueva, de unas selvas que no habían sido taladas jamás, de una fecundidad de los suelos, de una abundancia de mamíferos y de insectos, de reptiles y de aves en la que nuestra época de postrimerías bien puede encontrar las virtudes del Paraíso.
La literatura de la América Latina comenzó con las crónicas de Indias. Detrás de las campañas casi siempre brutales de los conquistadores avanzó una asombrada legión de cronistas describiendo la naturaleza, interrogando las selvas, los suelos, los climas, la fauna, las culturas nativas, sus costumbres y sus mitologías. Dado que los grandes letrados permanecieron en el mundo europeo, la historia tuvo que improvisar sus historiadores, sus narradores y sus poetas, con soldados más llenos de curiosidad que de información, hombres apenas formados en la tradición cultural de sus tierras de origen, pero dueños de un singular espíritu de observación y de esa extraordinaria audacia mental que caracterizaba a los hombres del Renacimiento. Y allí ocurrió un fenómeno muy significativo: muchos querían solamente cantar las hazañas de los grandes capitanes de conquista, querían pintar sus retratos con el paisaje de fondo del mundo americano, pero ese escenario era tan vigoroso que muchas veces el retrato se perdió detrás de las selvas y las anacondas, de los caimanes y los ríos, de las tempestades y los pájaros. El mundo americano avanzó como una enredadera sobre las páginas de los cronistas, y lo invadió por completo, y les demostró que aquí el hombre no puede llenar todo el cuadro. Los cronistas de Indias no podían bastarse con repetir lo aprendido en su mundo de origen, y dado que “en los comienzos de una literatura nombrar equivale a crear”, aquellos aventureros tuvieron que inventar un lenguaje y prepararon el terreno para una extraordinaria literatura.
Desde temprano se empezó a hablar en el arte y en la literatura del barroco latinoamericano. Pero si el barroco, como ha dicho Borges, es la manifestación final de todo arte, ese momento en que un lenguaje extrema sus posibilidades y “linda con su propia caricatura”, el arte de nuestros orígenes no podía corresponder a esa definición crepuscular. A los europeos les parecieron barrocas esas fachadas de los templos católicos donde se combinaban de un modo imaginativo y caprichoso los decorados del Renacimiento con los dibujos de las tradiciones indígenas, pero esas cosas no obedecían a razones ornamentales, ostentosas o retóricas, sino a necesidades concretas, una de las cuales era hacer convivir las culturas y fusionar sus símbolos en una estética que difícilmente podía caracterizarse por su austeridad.
Hace poco, visitando la ciudad del Cuzco me contaron que en los primeros tiempos, después de construida la catedral sobre las ruinas del templo del Sol, los sacerdotes católicos les preguntaron a los jefes incas por qué los nativos no entraban al templo, si había sido construido para ellos. Los jefes contestaron que no podían ver como un sitio de culto un lugar donde no entrara el sol. Los sacerdotes tuvieron entonces la idea de abrir unas ventanas hacia el oeste que recibieran la luz de la mañana, y disponer grandes espejos en el interior para que la luz se multiplicara por todas partes. Sólo después de esto los indios entraron finalmente en el templo, pero quizá no del todo a adorar al dios cristiano sino porque el dios solar había hecho suyo el recinto. Y ya en la propia España se habían dado por siglos fusiones entre el mundo cristiano y el moro; la realidad estaba ajedrezada y también la imaginación. Eso ayuda a entender la aparición de un poeta tan extraño y fascinante como Luis de Góngora y Argote, nacido en lo que fueron los viejos reinos moros, y cuyo amor por la sonoridad de las palabras parece pertenecer al orden de la poesía árabe, más interesada por la musicalidad que por el sentido.
Una vez más, allí encontramos la leyenda de una influencia. Se atribuye a una imitación del culteranismo de Góngora la obra del magnífico poeta de Tunja, en el siglo XVII, Hernando Domínguez Camargo. Pero hay que añadir que su profusión de metáforas nacía de una zona fronteriza entre lenguas distintas, entre universos mentales distintos, y revela también un esfuerzo extremo por pertenecer a Europa, pero a una Europa inaccesible para un pobre clérigo de las colonias, una Europa magnificada y desdibujada por la distancia. Esos énfasis son más bien la extrema tensión de un creador que no está en el centro de una cultura sino en sus orillas, la lengua de los que sueñan con otros mundos, una aventura de metáforas comparable a la tradición de los skaldos septentrionales.
Parece barroca la ornamentación de los retablos de los templos y de la pintura colonial, llena de frutos, hojas y flores nuevas, de un bestiario a menudo fabuloso. Pero ¿cómo llamar barroca a la representación de las piñas y de los armadillos, si no son exageraciones ni inventos sino la fidelidad clásica a unas formas naturales? Sería tan necio como hablar del barroquismo del pico enorme del tucán, de los colores del papagayo, o de la exuberancia de las selvas equinocciales. Allí donde la naturaleza es exuberante no estamos en presencia de un énfasis estético sino de otro canon de lo natural, de un clasicismo sujeto a otras leyes.
El arte europeo buscó, desde los griegos, la justa medida y el equilibrio. Buscó también sujetarse siempre a un patrón humano, pues Europa no sólo pensó que el hombre es la medida de todas las cosas sino que llegó a la conclusión de que lo humano es la medida misma de lo divino. Ese es, me parece a mí, el sentido del Cristianismo. Y sólo por esas nociones el arte europeo evolucionó hacia la búsqueda de la perspectiva, del naturalismo, del arte del retrato, del realismo, de la minuciosidad del dibujo, y de la fidelidad a las formas, de un modo que ya en el Renacimiento estaba alcanzando su plenitud.
Pero el descubrimiento de América fue también una metáfora de la necesidad que sentía Europa de salir de sí misma, la sed de descubrir los mundos no europeos que había en este mundo. A partir del siglo XVI, de un modo creciente, comenzaba en Europa en todos los reinos del espíritu, en la filosofía, en la política, en el arte, en la poesía, la crisis del centro, la crisis de la forma y la crisis de la proporción. Empezaron los sueños de la Utopía y del buen salvaje, de las Nuevas Atlántidas y de los Eldorados, creció el gusto por las especias exóticas, y comenzaron las fugas míticas en busca de lo nuevo. No deja de ser significativo que hayan sido los finales descubridores de otras tradiciones estéticas, impresionistas y expresionistas, quienes emprendieron una lucha contra la perfección del dibujo, un proceso de experimentación y de abandono de cánones estrechos y de normas rígidas.
El arte americano nace de una tensión entre las formas del lenguaje europeo y las convulsiones de un mundo que no logra agotarse en lo humano. Como lo dijo antes de Steiner, el inglés Auden, hay en América verdaderas selvas y verdaderas tierras vírgenes, ríos desmesurados y civilizaciones incomprendidas. “En Europa, dijo Auden, un viajero, por perdido que se encuentre, está a media hora de un sitio habitado, en tanto que no hay americano que no haya visto con sus ojos comarcas prácticamente intocadas por la historia”. Aquí el patrón humano no logra aprisionar todo el sentido, y los artistas sintieron la necesidad de transgredir la norma áurea, la escala europea de las proporciones. Eso ahora es menos difícil, porque también el arte europeo se ha lanzado a la búsqueda de un nuevo sentido de la belleza, y ya en el siglo XIX el hombre que sintetizó esas búsquedas de la modernidad, Charles Baudelaire, había escrito en uno de sus poemas:
Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe?
Au fond de l’inconnu pour trouver du nouveau.
(Hundirse hasta el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? / Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.)
Todo habitante de América, a pesar de sus esfuerzos por habitar en la polis en el sentido urbano del término, vive en la vecindad de una naturaleza no conquistada del todo, a medias innominada, en gran medida desconocida. Cuando pensamos que casi toda la farmacia europea nace del conocimiento de las seis mil especies vegetales que pueblan el continente, y que la América equinoccial tiene cincuenta mil especies de plantas, de cuyas propiedades sólo tienen un conocimiento profundo los chamanes amazónicos, entenderemos mejor cuál es el sentido abrumador de la presencia de la naturaleza en el imaginario del hombre americano. La naturaleza no es aquí algo conocido, (la verdad es que en ninguna parte lo es) pero en América es más difícil caer en la ilusión de que tenemos al mundo dominado y sometido, de que lo tenemos domesticado. Y ello, que podría parecer un fenómeno exterior, el tipo de relación que establecemos con los bosques y los ríos, con los animales y los climas, es algo que incluye también la relación con nuestro propio sentido de humanidad y con nuestro propio cuerpo.
Nuestra América es todavía el reino de la perplejidad, y a ello contribuyen por igual las tensiones y los desajustes entre la realidad y el lenguaje, los mestizajes y los sincretismos. No deja de ser asombroso que esas tierras ya suficientemente complejas por su composición geográfica y biológica, se hayan enriquecido más aún con el aporte de razas, lenguas, tradiciones, religiones, filosofías, modelos económicos e ideales políticos llegados de otras partes.
Pienso en mi país, Colombia, por ejemplo, donde no somos mayoritariamente blancos europeos, ni indios americanos ni negros africanos sino uno de los países más mestizos del continente, en una región que es a la vez caribeña, de la cuenca del pacífico, andina y amazónica, que habla una lengua que es hija ilustre del latín y del griego, que profesa una religión de origen hebreo, griego y romano, que ha adoptado unas instituciones nacidas de la Ilustración y de la revolución francesa, que fue incorporada al orden de la sociedad mercantil y a la dinámica de la globalización hace ya cinco siglos, y siento que estamos amasados verdaderamente de la arcilla planetaria, pienso en esta América Latina, que produjo buena parte de las riquezas con las que se construyó la moderna civilización europea, y me digo que es apenas comprensible que el arte y la literatura que surgen de esa colorida complejidad estén más llenos de fusiones de lo que uno pueda imaginar, y que esas fusiones puedan alcanzar por momentos interesantes y apasionantes síntesis de la cultura planetaria.
Uno de los fenómenos más interesantes de nuestro mundo americano y en especial de la región equinoccial es el modo como participamos de la franja ecuatorial, del paralelo cuatro que produce no sólo la mayor diversidad biológica sino buena parte del oxígeno que respira el planeta. Es la región donde no hay estaciones, es decir, donde la naturaleza no descansa, donde el suelo no duerme, donde el sol y el agua mantienen, por decirlo de ese modo, en un insomnio permanente. Se diría que es la región perfecta para que los sueños broten de la vigilia. La luz produce otro colorido, el cielo está aborrascado de nubes gigantescas, la lluvia a veces produce diluvios interminables, es región de aterradoras y fantásticas tormentas eléctricas, de truenos ensordecedores, de inundaciones y avalanchas. Los ríos cambian de cauce y la superficie de la tierra se estremece a veces acomodándose a la actividad de las profundidades.
No somos plenamente indígenas, ni europeos, ni africanos, pero nos nutrimos sin cesar de esos orígenes para al mismo tiempo diferenciarnos de ellos. No hace mucho, un escritor amigo mío, de una población que se afirma cada vez más como afrocolombiana, tuvo la oportunidad de encontrarse con un escritor de África, y le expresó su alegría de estar hablando con alguien con quien podía identificarse plenamente. El otro, con gran cortesía y sabiduría a la vez, le dijo que ellos dos no eran muy semejantes. Y claro que se lo decía sobre todo para formular un desafío tácito. “En realidad somos muy distintos, le dijo, nosotros somos africanos, ustedes son negros”. Mi amigo lo escuchó con extrañeza. Y el hombre de África añadió: “Ustedes descienden de esclavos. Nosotros nunca hemos sido esclavos”.
Es evidente que los negros americanos tienen que afirmarse en algo más que en su común origen africano, sin negarlo, tienen que sentirse más decididamente parte mitológica del mundo americano, y luchar por su originalidad aquí, en diálogo con este mundo en el que viven hace ya cinco siglos. También para ellos son esos versos de Leopoldo Lugones:
Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido,
Por estos cuatro siglos que en ella hemos servido.
Y al mismo tiempo, hay que saber que sin esa savia vital que llegó de África, nadie en América Latina sería lo que es. Todos tenemos derecho a reclamar “la parte de África” en nuestro ritmo, en nuestra carne y en nuestra imaginación. Todo es cuestión de ver bien los matices. Y lo mismo puede decirse de “la parte de Europa” y de “la parte de América”.
Los hispanoamericanos podemos sentirnos españoles sólo hasta el día en que vamos a España, ese día comprendemos para siempre que somos otra cosa, y ese descubrimiento puede ayudarnos incluso a amar a España, a admirar a España, a descubrir a España.
Ahora bien, el modo como está lo indígena en nuestra cultura mestiza, me resulta más fácil pensarlo recurriendo a la literatura. Siento que hay, por ejemplo, en la obra de Gabriel García Márquez, una manera de pensar y de sentir que no es en rigor occidental, que se resuelve en imágenes y en variaciones, como aureola o resplandor de los hechos centrales. Se diría que hay algo de estirpe indígena en cierto modo de presentar los hechos y de no resolverlos mediante argumentaciones, digresiones y teorías, sino mediante trazos y figuras que satisfacen a un tiempo al sentimiento y a la imaginación. García Márquez pertenece a un mundo profundamente influenciado por ese pensamiento mágico, pero suele repetir que a pesar de saber muy bien cómo era la historia, o el río de historias que pensaba narrar, encontró con claridad su tono y la certidumbre de sus recursos cuando leyó la novela "Pedro Páramo", del mexicano Juan Rulfo. Tal vez lo afectó la libertad con que Rulfo se deja influir por el viento de las voces indígenas, por el modo de estos sueños americanos, por la persistencia en la vida cotidiana de los mitos profundos de su pueblo.
Así, en la novela “Cien años de soledad”, nada sabemos de la singular relación que hay entre la madre, úrsula Iguarán, y su hijo mayor, José Arcadio, hasta el día en que este decide abandonar el pueblo, enrolado en la tropa de los gitanos. En cuanto se da cuenta de su ausencia, Ursula sale en su búsqueda abandonando todo lo demás, su marido, su casa, sus otros hijos, dejando de ser el centro de gravedad de su mundo. José Arcadio es el primer nativo que abandona el pueblo y se aleja por el mundo distante con el que su padre siempre ha soñado. Yendo tras él, Úrsula llega a sentirse tan lejos que ya ni piensa en regresar, y encuentra al fin el camino hacia el mundo que todos los hombres del pueblo habían buscado en vano. Años después, el hijo regresa transformado por la ausencia, cruza el pueblo y la casa y avanza sin detenerse por los pasillos y los cuartos saludando con un gesto a quienes ve, pero sólo llega al final de su viaje cuando encuentra a Úrsula. Está desandando el camino de su fuga, el camino por el cual su madre lo había seguido, y sólo se detiene al llegar nuevamente junto a ella. Ese doble movimiento que primero nos revela la importancia que tiene para ella el hijo, y después la importancia que la madre tiene para él, muestra el lazo invisible que los une y que nunca delataron sus diálogos.
Y es por este dibujo secreto, intensamente trazado en nosotros por el relato, es por ese surco entre ambos, que, sin saberlo, estamos dispuestos a creer uno de los episodios fantásticos más poderosos de la novela, aquel en que un hilo de sangre sale del hijo muerto, va recorriendo pasillos y calles y andenes, y no se detiene hasta encontrar a Úrsula y llevarle el mensaje de la muerte. De nuevo vemos el movimiento contrario, y es ella ahora quien siguiendo el hilo encuentra al final el cadáver de su hijo. Este dibujo ancestral del hilo de sangre que busca su fuente es una de las imágenes más bellas y memorables de la novela, y sospecho que nuestra mente la hospeda con tanta facilidad y gratitud porque no es un trazo arbitrario sino una necesidad de la historia; nos muestra poderosamente, con el poder de la poesía y del mito, la inexpresada relación del hijo con la madre, el lazo de la sangre materna convertida en camino del hijo, sendero de sus fugas y de sus retornos, de su soledad y de su muerte.
Algo en la moderna novela occidental ha tendido a abandonar los juegos libres de la imaginación, a subordinar las historias a las ideas y a abundar en tesis y en teorías. Desde las minuciosas reflexiones de Dostoievski sobre los motivos de la conducta humana, pasando por la sobreabundancia de propósitos intelectuales del infinito Ulises de James Joyce, hasta el tono ensayístico de muchas novelas de Thomas Mann, la narrativa procuró a menudo abandonar el viejo hábito de soñar libremente, de dar vuelo a la imaginación y de permitir que lo fantástico y lo real se combinaran a su antojo. Ese había sido el espíritu de las epopeyas clásicas, de las historias del ciclo de Bretaña, del Nibelungenlied, de la Comedia dantesca y del Orlando Furioso. Y por supuesto ese es el espíritu de las dos obras orientales que más han influído en nuestra civilización: la Biblia y las Mil y una Noches.
Lo que más asombró al barón Alexander von Humboldt en su viaje por la América equinoccial fue la imposibilidad de encontrar como en Europa bosques de una sola especie, porque en cada pequeño espacio proliferaban decenas de especies distintas. Lo que mejor ilustra la correspondencia de nuestra literatura a este mundo es la abundancia febril de las formas de su imaginación; no sólo la vivacidad de los elementos y la intensidad del color, eso que Chesterton llamaría, hablando del posible origen criollo de Robert Browning, "una teoría de orquídeas y de cacatúas", sino incluso la tendencia continua a contrastar distintas etapas de la metamorfosis de los hechos y de las cosas. En nuestro continente el tiempo fluye de un modo vertiginoso. Hemos tenido que pasar en cinco siglos de los altos imperios comunitarios a las disgregaciones de la posmodernidad, de la vasta e indemne selva continental a las paredes apocalípticas de los incendios que cercan y carcomen la selva amazónica para sembrar soya, de las praderas del bisonte y del indio a los aviones estrellándose contra los acantilados de cristal de las torres gemelas.
Durante mucho tiempo, la América Latina se gastó en el esfuerzo de alcanzar una lengua propia, de convertir las arrogantes y rígidas lenguas que llegaron de Europa en lenguas nutridas por la savia del mundo nuevo. Sólo a fines del siglo XIX, con la labor de los extraordinarios poetas y narradores a los que llamamos modernistas, simbolizados por el más melodioso de ellos, el nicaragüense Rubén Darío, conquistamos por fin unos recursos literarios capaces de enfrentar el desafío de nombrar plenamente nuestro mundo, y de dialogar con las otras literaturas del planeta. El siglo XX nos ha visto emprender esa tarea: las obras de los modernistas, de Rubén Darío, del mexicano Alfonso Reyes, de tantos autores en todo el continente, han madurado esos recursos. Y después, entre los numerosos autores del medio siglo y del llamado “realismo mágico”, surgieron muchas voces que de algún modo resumen la pluralidad de ese clamor continental. Entre ellas es necesario mencionar a Juan Rulfo, cuya obra breve e inagotable muestra los viajes de la lengua española en la profundidad de la memoria mexicana, a Pablo Neruda, cuyo canto de piedra y de selvas explora y celebra por igual naturaleza y la historia, a Gabriel García Márquez, cuya Biblia pagana del Caribe condensa la elocuencia de la lengua de Cervantes, el pensamiento mágico de los pueblos indígenas y la alegría, el colorido y la sensualidad de los hijos de África, y a Jorge Luis Borges, quien, interesado por la poesía gauchesca y por la cábala judía, por el Islam y por el budismo, por las mitologías del Indostán y por las sagas nórdicas, en el mayor país de inmigrantes, supo recoger la memoria de todas las bibliotecas y sentir el rumor del planeta entero mezclado en nuestras venas y en nuestras almas.
Todavía estamos en el deber de interrogar cómo puede ser ese diálogo nuestro de lo uno con lo diverso, pero yo diría que no lograremos integrar a la América Latina mientras nos neguemos a ver la infinidad de sus matices, la riqueza sutil de sus diferencias. Es urgente abandonar los nefastos conceptos de subdesarrollo y de Tercer Mundo, que pretendían hacer del desarrollo un camino prefijado y exterior. Hijos de la edad de los descubrimientos, engendrados en las primeras avanzadas del mercantilismo, herederos de las lenguas, las religiones y las instituciones de Europa, nosotros somos el primer gran fruto de la globalización.
Pero ahora se hace evidente que el énfasis en lo universal despierta enseguida la necesidad y la defensa de lo local. Desde que comenzó la prédica imperativa de la globalización ya no nos bastan las naciones, cada región del globo, cada aldea, cada tradición pugna por hablar, por diferenciarse, por existir. Hay un verso del poeta colombiano León de Greiff, al que él, traviesamente, llamó “la fórmula definitiva y paradojal”. Esa fórmula dice. “Todo no vale nada si el resto vale menos”. Es paradójico que alguien hable del todo y del resto, pero en términos lógicos es comprensible. El todo no sólo es la suma de las partes, es también diferente de las partes. Y no se puede hablar del todo, del amor por la totalidad, para predicar el descuido de lo particular y de lo fragmentario. Creo que esa fórmula significa: el bosque no vale nada si el árbol vale menos, la especie no vale nada si el individuo vale menos, el universo no vale nada si cada lugar en él es deleznable. Las naciones son importantes, pero necesitamos con urgencia un diálogo nuevo, de cada lugar con todos los otros y de lo local con el universo. Se diría que necesitamos un diálogo de los dioses del lugar con el omnipresente y disperso dios de Spinoza, y ello supone no sólo el respeto por el universo como un todo, por el planeta como un todo, sino la recuperación del sentido sagrado de cada arroyo y de cada peñasco, de cada árbol y de cada criatura. Y creo que no es la política sino sólo el arte quien sabe ver a la vez el conjunto y el detalle.
Es verdad que los seres humanos no podemos sobrevivir sin perturbar, pero ya empezamos a comprender que tampoco sobreviviremos si perturbamos demasiado. Hoy el mundo siente el peso oneroso de la especie humana, advierte demasiado su presencia, siente la rudeza y la torpeza de nuestra relación con las cosas, y es evidente que se hace necesario el aprendizaje de la levedad, de no pesar mucho, el aprendizaje de la invisibilidad, tan contrario a esta manía moderna de lo que es excesivamente visible y estridente, el aprendizaje de la delicadeza, y el aprendizaje de la sutileza, lo que adivinaron los primeros críticos de la modernidad, que dios está en los detalles, que lo importante es el matiz más que el color, que frente a la excesiva pretensión de conocimiento no necesitamos entender todo sino comprenderlo, y que no necesitamos saber todo para disfrutarlo y agradecerlo.
De la América Latina podemos decir que es uno de los pocos sitios del planeta donde todavía queda la naturaleza, muy vulnerada pero todavía cargada de sus atributos originales. Nosotros somos, además, la Europa que se fue y que se mezcló de lo distinto, y mucho tenemos que enseñarle a esa Europa que sólo ahora está sintiendo la vecindad física del resto del mundo. Nuestra rica cultura continental ha experimentado las fusiones, y ha alcanzado poderosas síntesis. Los males del mundo se ven mejor desde las orillas que desde el centro, porque los viejos centros estuvieron siempre demasiado engreídos de su importancia y no veían más allá de su horizonte, y en cambio los nuevos centros de la esfera participan de los atributos del centro y de la orilla. En esa medida es verdad que en los sótanos de nuestras ciudades está el Aleph, está el universo.
Tenemos un mundo a medias conquistado, y a medias demorado, por fortuna, en sus atributos originales. La modernidad, la era tecnológica, el prodigio científico han hechizado nuestra realidad de un modo fascinante y peligroso. Estamos, como decía el poeta Aurelio Arturo, “con un pie en una cámara hechizada y el otro a la orilla del valle, donde hierve la noche estrellada”. Y ya nada es tan importante como encontrar un equilibrio entre nuestra capacidad de modificar el mundo y nuestra necesidad de conservarlo, entre la tarea de construir una morada humana y el deber profundo de respetar el universo natural. Si nuestras naciones fueron los primeros frutos modernos de la globalización: son escenarios propicios para que encontremos también sus límites. Porque la especie humana, envanecida de sus derechos ha olvidado la pregunta por sus límites y necesita con urgencia un sentido responsable y nítido de esos límites. De esa delicada tarea, bien podría depender el destino del mundo.
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Julia Ardón
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¿ ESTA JUSTIFICADA LA MENTIRA EN POLITICA? ( por Hans Kung)

Una pregunta ética fundamental para el sucesor del presidente estadounidense George W. Bush es ésta: ¿Debe mentir un presidente? ¿Hay alguna circunstancia en la que la mentira esté justificada?
El ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger no tiene problemas para justificar las mentiras. Kissinger opina que el Estado -y, por consiguiente, el estadista- tiene una moral diferente a la del ciudadano corriente. Lo demostró en la práctica durante sus años en el Gobierno de Nixon y luego defendió esta opinión en su libro de 1994, Diplomacy, en el que menciona a figuras históricas que admira: entre otros, Richelieu, Metternich, Bismarck y Theodore Roosevelt.
Cuando le dije en una ocasión que esa visión del ejercicio del poder político me parecía inaceptable, él replicó, no sin ironía, que el teólogo ve las cosas "desde arriba" y el estadista "desde abajo".
Le hice esa misma pregunta sobre la mentira y la moral política a un buen amigo de los dos, el ex canciller de Alemania Federal Helmut Schmidt, cuando pronunció una conferencia sobre ética mundial en la universidad de Tubinga en 2007: "Henry Kissinger dice que el Estado posee una moral distinta de la del individuo, la vieja tradición desde Maquiavelo. ¿Es verdad que el político que se ocupa de asuntos exteriores debe atenerse a una moral especial?".
Schmidt me respondió: "Estoy firmemente convencido de que no existe una moral distinta para el político, ni siquiera el político que se ocupa de asuntos exteriores. Muchos políticos de la Europa del siglo XIX creían lo contrario. Quizá Henry sigue viviendo en el siglo XIX, no sé. Tampoco sé si hoy seguiría defendiendo ese punto de vista".
Por lo visto, sí. Al recomendar, hace poco, más participación militar en las guerras de Irak y Afganistán, Kissinger ha demostrado que sigue siendo un político que piensa desde el punto de vista del poder y en la tradición de Maquiavelo. Aunque por otro lado, ha dicho que está en favor del desarme nuclear total. ¿Es una contradicción o un signo de la sabiduría que da la edad?
En las reuniones del Consejo Interacción de ex jefes de Estado y de Gobierno, del que soy asesor académico, se discuten problemas de ética. Recuerdo que en 1997 no hubo ninguna cuestión relacionada con la Declaración Universal de las Responsabilidades Humanas del consejo que se debatiera con tanta intensidad como la de "¿No mentir?". El artículo 12 de la declaración trata sobre la veracidad, y dice: "Nadie, por importante o poderoso que sea, debe mentir". Sin embargo, inmediatamente sigue una puntualización: "El derecho a la intimidad y a la confidencialidad personal y profesional debe ser respetado. Nadie está obligado a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo". Es decir, por mucho que amemos la verdad, no debemos ser fanáticos de la verdad.
Pero no exageremos. Los políticos también son seres humanos, e incluso una persona veraz puede mentir cuando se encuentra en una situación difícil. No hablo de las mentiras que se cuentan por diversión ni de las mentiras piadosas, sino de las mentiras deliberadas. Una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal. O como dicen los Diez Mandamientos en Éxodo 20:16: "No darás falso testimonio contra tu vecino".
Una vez, el ex ministro de Asuntos Exteriores de un país del Sureste Asiático me contó, con una sonrisa, que en su ministerio corría esta definición de embajador: "Un hombre al que se envía al extranjero para que mienta". Pero hoy ya no puede construirse ninguna diplomacia eficaz a partir de esa idea. En la época de Metternich y Talleyrand, dos diplomáticos podían decirse mentiras a la cara. Pero hoy, en la diplomacia secreta, es necesaria la franqueza, por más que se emplee todo tipo de tácticas astutas en la negociación.
El juego sucio y los engaños no salen rentables a largo plazo. ¿Por qué? Porque minan la confianza. Y, sin confianza, la política constructora de futuro es imposible.
Por consiguiente, la primera virtud diplomática es el amor a la verdad, según dice el diplomático británico sir Harold Nicolson en su clásica obra de 1939, Diplomacy, que, por cierto, Kissinger menciona a regañadientes en su libro, en la página del copyright, pero luego no vuelve a citar en ninguna parte.
Eso significa que algunos estadistas como Thomas Jefferson tenían razón: no existe más que una sola ética sin divisiones. Ni siquiera los políticos y hombres de Estado tienen derecho a una moral especial. Los Estados deben regirse por los mismos criterios éticos que los individuos. Los fines políticos no justifican medios inmorales.
O sea, la veracidad, que está reconocida desde la Ilustración como condición previa fundamental para la sociedad humana, no sólo es un requisito para los ciudadanos individuales sino también para los políticos; especialmente para los políticos.
¿Por qué? Porque los políticos tienen una responsabilidad especial respecto al bien común y además disfrutan de una serie de privilegios considerables. Es comprensible que, si mienten en público y faltan a su palabra (sobre todo, después de unas elecciones), luego se les eche en cara y, en las democracias, tengan que pagar el precio, en pérdida de confianza, pérdida de votos en las elecciones e incluso pérdida de su cargo.
Las mentiras personales, como las que contó el ex presidente estadounidense Bill Clinton durante el caso de Monica Lewinsky, son malas. Pero lo peor es la falsedad, que afecta al fondo de las personas y sus actitudes esenciales (como puede verse en la actitud del presidente George W. Bush durante los cinco años de la guerra de Irak). Y lo peor de todo es la mendacidad, que puede impregnar vidas enteras. Según Martín Lutero, una mentira necesita otras siete para poder parecerse a la verdad o tener aspecto de verdad.
Ahora bien, por supuesto que también existen políticos y estadistas honrados. Yo conozco a unos cuantos. Además de la virtud de la sinceridad, tienen que practicar la sagacidad. Sobre todo, deben ser perspicaces, inteligentes y perceptivos, estrategas hábiles e ingeniosos y, si es necesario, astutos y ladinos, pero no maliciosos, intrigantes ni canallas.
Deben saber cuándo, dónde y cómo hablar... o callarse. No todos los circunloquios y exageraciones son mentiras en sí mismos. No hay duda de que, en determinadas situaciones, puede haber conflictos de responsabilidades en los que los políticos deben decidir de acuerdo con su propia conciencia.
"Muchas veces era difícil: no podíamos decir toda la verdad y, con frecuencia, debíamos ocultarla o permanecer callados", me dijo el ex presidente estadounidense Jimmy Carter tras una sesión del Consejo Interacción. Y me impresionó profundamente cuando añadió: "Pero, durante mi mandato, en la Casa Blanca no mentimos nunca".
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